Un médico oriundo de la ciudad de Santiago se fue a residir a Estados Unidos, donde desarrolló la mayor parte de su carrera profesional.
Llegó el momento de su retiro y optó por tomar a su Ciudad Corazón para ello, para lo que construyó o compró una residencia en el sector Los Cerros de Gurabo.
En ese sector se instaló con su familia para pasar lo mejor posible, en paz, el resto de sus años de existencia, pero todas las noches en una de las casas de sus vecinos había fiesta, o, por lo menos, una música escandalosa, de estridencia insoportable. No se podía conciliar el sueño; no había forma de dormir.
El doctor aguantó varios días el mismo alboroto para evitar contradicción o malos entendidos con su vecino. Pero llegó el momento en que decidió ir a hablar con su vecino para ver si tenía un poco de consideración con los demás residentes del lugar en hora de la noche.
Cuando llegó donde su vecino y con la prudencia y decencia que pueda exhibir un ser humano le pidió que por favor disminuyera el volumen de su aparato porque afectaba a todo el vecindario, la respuesta que recibió fue la siguiente:
“¿Cuánto vale su casa, con el perro y los cuadros que tiene dentro…?”.
El médico no le vendió la casa, pero se fue del barrio con su familia.
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